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Holy Motors, una extraña y surrealista reflexión sobre la vida

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Holy Motors puede ser, si demasiado temor a equivocarnos, la película más controvertida de este año 2012. En general, todas las producciones del francés Leos Carax lo son (Pola X, Los Amantes del Pont-Neuf) pero esta se ha llevado la palma. Y no nos referimos a la Palma de Oro en Cannes, que fue a parar al film Amor, de Michael Haneke, sino a que Holy Motors dejó estupefactos a cuantos espectadores vieron la película, por ser una propuesta marciana, alegórica y surrealista, de lo más extravagante que pasó por el festival.

El caso es que las reacciones a Holy Motors han sido muy diversas. Algunos críticos señalaban que la cinta era “una sucesión de tonterías sin gracia“, mientras que otros hablaban de “una lección de cine libre y salvaje“. Lo mejor, en cualquier caso, es realizar el visionado por uno mismo y labrarse una opinión propia.

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Ante todo, una película diferente

Para el que aquí escribe es el principal valor de la película, su carácter experimental y osado, una propuesta de metacine (cine dentro del cine) única en su especie, que aunque beba de otras películas de corte surrealista tiene una personalidad arrolladora.

En cambio, la historia de este actor polimorfo y tétrico, que se mete en la piel de varios personajes resulta una aventura en muchas ocasiones ininteligible, cuya fealdad formal provoca rechazo y que abusa de la sorpresa barata como recurso para mantener atento al espectador.

Uno se pregunta si con el mismo plot -un actor (Denis Lavant) que recorre París en una limusina en busca de su cenit creativo- pero diferente desarrollo, quizás uno más bien hilado y entendible, podría haber encaramado a Holy Motors como una obra maestra intachable. Sin embargo, la delgada línea entre la provocación intrascendente y la genialidad es tan fina que muchas veces se solapan en un profundo estado de incongruencia. Comparto aquí el tráiler para que sepan de lo que les estoy hablando:

Un cine surrealista

A mi me interesan más los momentos en el que el actor encara papeles mundanos (un padre preocupado por su hija, o el antiguo amante en busca de la redención amorosa) que esos momentos de grotescos personajes que navegan en el absurdo o en la metáfora más indescifrable.

A juicio de cada uno queda si esos 115 minutos en los que Leos Carax juega como un titiritero con el espectador son fruto de una genialidad surrealista o en cambio se trata de una enorme tomadura de pelo. O bueno, quizás pueda ser un término medio, una película que buscaba sacudir nuestras conciencias y que reflexionemos sobre la cantidad de papeles que asumimos en nuestra vida, pero que nunca llegó a despegar.

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Y a vds, lectores, ¿qué os ha parecido Holy Motors? ¿qué pensáis de la incomparable cinta de Leos Carax? ¿es la última genialidad del cine europeo?

Fuente: MuyCine


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